El Joven Galeno, recientemente incorporado a la mesa del café del Gallero, dos días después de la famosa definición del Loco Vieytes, se digirió al mencionado y le espetó: “Decime, Vieytes, tengo una duda: me podrías definir qué es para vos estupidez?”.
La mirada del Loco tomó altura hasta posarse en el viejo ventilador de techo que hacía ingentes esfuerzos para dar una y otra de sus desganadas vueltas. “Perdón –continuó el Joven Galeno- te puedo llamar Loco?”.
“Faltaba más! –replicó al instante nuestro amigo- viniendo de usted más que un apodo es como un diagnóstico cariñoso”. E, inmediatamente, casi sin respirar dijo: “Estupidez, básicamente, es la falta total o carencia aguda de sentido común. ¿Cómo explicárselo, mi querido tordo? Para continuar con el tema del otro día, estupidez es usar la moto como si fuera una camioneta…”
“No entiendo” atinó a intervenir el Pelado Manchais. “Muy fácil y muy gráfico para explicar, continuó el Loco, si un tipo sale a hacer las compras con los dos pibes, la jermu, la suegra y las bolsitas del supermercado en una zanelita 50, para mí no está cometiendo una infracción de tránsito, para mí ES UN ESTUPIDO!!... se entiende ahora? Y encima, si tienen algún accidente, seguramente la culpa siempre es del otro, o de las autoridades que lo dejan transitar así.”
Hubo una especie de asentimiento general, no unánime, claro, pero la mesa comprendió lo que quería decir el Loco. “Bueno –intervino el Joven Galeno- si alguien es estúpido, es obligación de las autoridades actuar en salvaguarda de su vida y de la de los demás, no? Me parece?”
“Por supuesto –se metió en la conversación el Polaco- la ley tiene que ser dura y aplicarse a todos, absolutamente a todos!” A partir de allí, la conversación derivó en anécdotas, en descripción de accidentes, en el convencimiento de cambiar las leyes y ser más rigurosos.
En medio de todo esto, el Rulo Thompson, metió un bocadillo que realmente me gustó. “EL que estuvo muy bien y explicó las cosas como son, es ese que escribe en Internet, El Coso de al Lao”. Inmediatamente levanté la vista y conté con la mirada cómplice del Tano y el Polaco. Extrañamente (y por enésima vez esa tarde) la mesa asintió a pleno. No les quiero ni contar a dónde fue a parar mi autoestima. Me sentí como Bruno Díaz oyendo elogios hacia Batman. Como Don Diego de la Vega cuando el pueblo vitorea a El Zorro. Las mieles de la gloria empalagaban mi ego. No es fácil que tipos como los que frecuentamos (me incluyo) la mesa del café del Gallego se manden un comentario favorable. Seguramente, si supieran quién es El Coso de al Lao, no hubieran estado tan generosos a la hora de elogiar(me). Pero… tal como suelen decir “la gloria es efímera”. Y la mía fue tan efímera como clandestina. No duró lo que dura un suspiro.
Uno de los Innombrables intervino: “Yo no creo que ese Coso tenga tanta razón como dicen. Al final de cuentas le echa la culpa al pasado, a la historia, a los gobernantes que tuvimos. En fin, hace lo que todos, le echa la culpa al otro. Yo creo que cada uno tiene una parte importante de culpa”.
Yo no sé si es la humedad de los últimos días. La lluvia que provoca anegamientos cerebrales o que el Alzheimer se está propagando demasiado rápido. Lo cierto es que, nuevamente, y por milésima vez en la tarde, TODOS ESTUVIERON DE ACUERDO.
Estuve a punto de intervenir, decir algo, salir en defensa de mis propias (y ocultas) ideas. Pero fue el Joven Galeno quien volvió a la carga dirigiéndose al Loco: “Che, Loco, te quedaste callado. Tiraste la piedra y escondiste la mano, jeje”.
“No, perdón –contestó el Loco- es que me quedé como en ensoñación. Estaba como en éxtasis mientras los escuchaba a todos. Sus sabias palabras me transportaron en tiempo y espacio. Les juro que mientras se desarrolló la interesante conversación que tuvo lugar hoy aquí en esta mesa, tuve la sensación, la vívida sensación, de estar viviendo en Suiza…”
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