Los años 90 marcan una de las etapas más decadentes de la cultura argentina. Es mi opinión.
Fue el tiempo de la banalización y de la bananización. De la pizza con champagne. De Tinelli. De María Julia Alsogaray y su tapado de piel. De los jubilados pidiendo lo que les correspondía y de los 15 puntos de desocupación. La destrucción de la salud pública, de la educación pública, de todo lo público. Fue el tiempo del 1 a 1.
Hace mucho tiempo (era yo joven) escuché a Juan Alemann afirmar que el país no había valorado suficientemente los cambios que había introducido José Alfredo Martínez de Hoz, que eran profundos y que repercutirían durante muchos años en la vida económica del país. Y cuánta razón tenía. Estaban destinados a un país sin producción, sin industrias, sin educación.
Creo que lo mismo pasa con esta década nefasta del neoliberalismo de los 90. Porque no nos damos cuenta de lo profundo de su mal y que perdurará mucho más tiempo del que creemos. Porque somos así. Porque ahora andan las cosas un poco mejor, porque hay más trabajo, porque hay más producción. Pero la marca indeleble que significó para toda una generación de argentinos la década del 90, parecerá eterna.
Nos dejó una generación casi completa de analfabetos funcionales. De chicos y chicas que no han podido alimentarse como corresponde durante sus primeros años. Que no han recibido la debida educación ni la debida atención médica.
Son los que deberán tomar responsabilidades como adultos activos dentro de muy pocos años. Son la masa laboral de la década que viene. Son la masa electoral de la década que viene…
Y no han tenido modelos. Bah, modelos son lo que sobran, no? Modelos bailando, modelos patinando, modelos en un caño, modelos en video, modelos en bo…
Pero no sólo aquellos más desfavorecidos sufrieron. Los profesionales de hoy, no suelen ser lo que otrora eran (o parecían). La mayoría de los maestros jóvenes ostentan graves faltas de ortografía y huecos importantes en su cultura general. Lo mismo pasa con los nóveles periodistas al que los salva un tanto la tecnología de la computadora que viene con corrector ortográfico incluído. Pero el tema es que para las ideas no hay diccionario que valga, tienen que salir de uno. No quiero ni pensar en aquellos arquitectos, ingenieros, médicos y tantos otros profesionales que en los noventa manejaban taxis por la Capital. Años de geografía callejera, pero poco estudio y práctica. Quizás hayan aprendido cómo llegar, aunque no sepan para qué ni por qué.
Hay un vacío que todavía no se ve pero que requerirá de muchísimo más esfuerzo que el que debimos hacer como pueblo hasta ahora y debiera ser una responsabilidad de la dirigencia política, empresarial, de los intelectuales, de todos, estar pendientes de esto e intentar prevenir males mayores.
Cambiando de tema, aunque tiene algo que ver con lo que hablamos de la decadencia cultural, ayer, venciendo al sueño, me quedé a ver el partido entre la selección argentina sub 23 y el seleccionado de Guatemala. Más allá del resultado y de la evidente superioridad de nuestro seleccionado me quedé espantado de los comentaristas del encuentro. Mucha soberbia, mucha “presunta” superioridad y cierta forma de subestimar al “otro”, si bien no me dejaron perplejo (uno está acostumbrado a los que “se las saben todas”), me apesadumbraron un tanto.
No es que uno pretenda demasiado, pero comentar un partido como si se lo estuviese mirando en cualquier mesa de café, me parece deprimente. Para eso estamos nosotros, usted, yo, la gente común, que podemos darnos el “lujo” de ser un tanto groseros, prepotentes, testarudos, soberbios… pero quien tiene la responsabilidad de llegar a tantos con sus palabras. Me parece una barbaridad.
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