El problema no son las picadas. El problema no son los jóvenes. El problema no son las motos. El problema no es el tránsito.
El problema es que hemos dejado de ser una sociedad organizada. Una sociedad con algunos valores (sólo algunos, claro) como solíamos ser. El problema es el sálvese quien pueda.
Vivimos en una sociedad muy violenta. No hablo de violencia física. Violenta en general. Y lo aceptamos y lo fuimos aprendiendo de a poco. A través de los chantajes que nos propuso el sistema.
Mientras en nuestro país se torturaba, se secuestraba y se apropiaban niños, declamábamos a los cuatro vientos que éramos “derechos y humanos”. En esa época descubrimos que Miami era accesible (tablita del dólar mediante) y mientras nuestro país era ferozmente vendido y endeudado, nos comprábamos los primeros televisores color. Allí nació el famoso (y triste) “deme dos”. Y como sociedad no tuvimos las agallas de enfrentar a quienes nos estaban hipotecando el futuro. El problema es ése. Es más fácil no pensar.
Después, la propia torpeza de los dictadores más que nuestra propia esperanza de un país mejor, nos trajo la democracia. Pero ya teníamos el virus dentro. Habíamos probado las mieles del primer mundo y queríamos volver a hacerlo cueste lo que cueste. Cuando alguien gasta más de lo que gana, el faltante sale de algún lado.
Y, entonces, nos volvieron a prometer Miami, Europa. Uno a Uno. ¿Cuánto ganás? 1.000 dólares, che. ¡Qué nivel!
Cuando alguien gasta más de lo que gana, el faltante sale de algún lado, repito. Entonces vendimos los teléfonos porque no andaban bien. Vendimos la luz, el gas, los trenes, los aviones, el acero. No importa. Nuevamente la plata dulce.
Cuando Colón llegó al Caribe cambió espejos por oro. 500 años después, nosotros lo seguimos haciendo. Nos vendieron espejos y les dimos nuestro oro. Oro puro, nuestros valores, nuestro corazón. Nos vendimos…
Cuando alguien gasta más de lo que gana, el faltante sale de algún lado.
No se si se habrá dado cuenta, pero estoy hablando de violencia. Primero los secuestros, desapariciones, las torturas. Después fueron 6 millones de argentinos sin trabajo. Desocupados. Después de vender las joyas de la abuela, hubo que seguir endeudándonos para mantener la fiesta. Y de esa manera entramos en el primer mundo. Claro, hizo falta un toquecito de impunidad para algunos “descuidos”. Impunidad para unos pocos.
¿El costo? Quince años, una o dos generaciones de argentinos que no se alimentaron bien cuando debían. Que no estudiaron como debían. Que no se educaron en la cultura del trabajo como debían. Que probaron la droga como no debían.
Pero lo peor de todo es que todo esto lo hicieron o padecieron ante la indiferencia total de nuestra sociedad. Indiferencia hasta que se empezaron a hacer notar. Piquetes, cortes de rutas y de calles. “¿Pero qué quieren estos negros?” se escuchó más de una vez. “El derecho a circular es de igual jerarquía constitucional que el derecho a comer” se alzaron las voces.
Lo peor de todo esto es que unos han perdido parte de sus posibilidades de crecer sanos y fuertes porque no tuvieron las mismas oportunidades. Los otros, hemos perdido una sana costumbre: la de pensar. Porque en realidad nos siguen chantajeando. Espejitos por oro. “No te metás” por supuesta tranquilidad. En vez de ponernos a solucionar los problemas, hacemos “barrios cerrados” para no verlos.
Por eso el problema no son las motos, ni los adolescentes, ni el tránsito. Ellos no trafican droga… apenas (algunos) la consumen. Ellos no se esconden para beber alcohol… nosotros se lo facilitamos. Ellos no deciden a qué hora se abren los boliches… nosotros abrimos esos boliches. Ellos no nacen sabiendo transgredir las normas de tránsito, sabiendo evadir impuestos. Eso lo aprenden de nosotros. Y como ven que no nos importa, aprenden de indiferencia.
Estos chicos, como muchos chicos argentinos, son víctimas inocentes de una comunidad que rifó su calidad de vida, sus valores, su solidaridad, las verdaderas ventajas que tenía con respecto a sociedades “supuestamente” mucho más avanzadas, digo, las cambió, por espejitos de colores.
Quizás el Loco Vieytes hizo el comentario más acertado con respecto al tema de la semana. En el bar del Gallego fueron largas y acaloradas las tertulias en las que todos expusimos nuestros puntos de vista y nuestras “maravillosas” soluciones, café por medio, claro.
El Loco dijo: “digan lo que quieran, propongan lo que quieran, la cuestión es que se puede legislar sobre los locos, los chorros, los asesinos, sobre el dinero, sobre la salud y la educación, se pueden hacer leyes y hacer cumplir leyes de lo que se les ocurra… Pero, no hay caso, muchachos, contra la estupidez no se puede…”
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