Estaba tomando unos mates bajo el emparrado del patio, esperando que nieve (cosa que naturalmente nunca ocurrió), cuando desde la derecha sentí un chistido. Dos aclaraciones: el que vive a la “diestra” de este sufrido escribiente es el Polaco Tundem, a la izquierda de mi honorable morada, vive el Tano Miggini. La segunda tiene que ver con una particularidad del Polaco: no me gusta que me chisten y este tipo es uno de los pocos que logra hacerme enojar.
Lo cierto es que a duras penas, detrás de un gorro colla, un poncho pampa y una bufanda escocesa, logré distinguir cómo el Polaco se asomaba por encima del tapial. Mi humor no era del mejor ya que yo estaba esperando ver nevar por primera vez en la vida y esa aparición me dio la pauta que mi espera sería en vano. Porque el Polaco es la mufa en persona.
“Escuchame perejil – me dijo – ¿no tenés nada que hacer más que andar perdiendo el tiempo tomando mate en el patio, con el frío que hace, haciéndote el pensativo?. Vení, vamos a tomar un vermú”.
Se dio cuenta, no?, amigo lector. El Polaco nació para fastidiarme. Levanté la vista con cierto desdén y muy lentamente y le espeté: “Mirá, vecinucho de cuarta, yo estaré perdiendo el tiempo, pero vos, estás perdiendo el tuyo espiándome a mí, y viendo qué es lo que estoy haciendo. Dejame en paz que estoy reflexionando…”. No vale la pena que refleje aquí la contestación del Polaco. Pero, me dejó pensando.
Etimológicamente la palabra escuela deriva de ocio en el antiguo griego. Y esta derivación tiene un sentido. Para los griegos, luego de la satisfacción de las necesidades básicas del ser humano, el ocio era el momento adecuado para “ir a la escuela”. Para aprender. Para reflexionar.
Vamos a ser sinceros. Sócrates y sus alumnos eran una vagos bárbaros. Se la pasaban charlando, discutiendo, buscando razones. O sea, como diría mi tía abuela Asunción: no hacían nada productivo. A pesar de ello, el mundo occidental tal como es hoy, como ha evolucionado desde aquel entonces, no es explicable sin la presencia de esos “vagos” que se la pasaban pensando y tratando de descubrir “los primeros principios” de todas las cosas. Filosofaban.
Los grandes enemigos de Sócrates eran los sofistas. Estos también gustaban del buen ocio educador, pero daban a sus conclusiones una aplicación directa a la inmediata realidad que los rodeaba circunstancialmente, o sea, contestaban según la mejor conveniencia y con mucha practicidad. Los sofistas fueron los primeros mercaderes del pensamiento. Fueron los “creadores de imagen” de aquellos tiempos. Y, aparte de disfrutar del ocio, quisieron hacer negocio con sus habilidades. De allí la tirra que Sócrates les tomó. Y ofrecían sus servicios a políticos, guerreros, comerciantes, y todo aquel que necesitara de algunas palabras bonitas, de algunos aforismos floridos y de sentencias que parecieran definitorias.
Y todo esto viene a cuento por el tema de “perder el tiempo”. ¿Cuánto hace que no pierde el tiempo preguntándose, por ejemplo, qué será de nuestro futuro, de cómo le gustaría que fuere el futuro de sus hijos, de cuanto hay de verdad o de mentira en tantas cosas que escucha, mira o lee por ahí? ¿Qué será de nosotros, los humanos, dentro de unas décadas?
Por supuesto que toda esta reflexión me llevó un buen rato. El mate se enfrió, la nieve no asomó por este lado de la pampa húmeda y yo casi me ligo una pulmonía pensando en todas estas cosas bajo “el emparrado de mi patio viejo”.
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