viernes, 11 de enero de 2008

Tiempos nuevos

El tipo llegó, plantó la sombrilla, acomodó la heladerita, desplegó dos sillitas de playa, dio dos o tres pasos alrededor como marcando territorio, oteó el horizonte todo a su alrededor mirándonos de soslayo.
Como le comenté, el Tano, el Polaco y yo llegamos tempranito a la playa. El fulano en cuestión casi siempre llega un poco después que nosotros y repite el mismo procedimiento todas las mañanas.
Al rato llega la patrona con el perrito. Entre ambos juntan algo así como 140 años, sin contar el perrito, claro, un cuzquito que me dice el Polaco que es de raza y cuesta mucho. Insisto en que no es muy diferente al pichicho de María, la dueña de la despensa de la otra cuadra, a lo que los dos, el Tano y el Polaco, contestan al unísono que no diga esas tonterías, que el cuzco de la María es marca perro, y este es un “?¿?¿” (no me pidan que lo escriba, no entendí el nombre y no se los iba a preguntar de nuevo, no?). Para mi, no es más que un cuzquito que va a la peluquería.
En mi postura influye, creo yo, la relación de la gente de campo con los perros en contraposición a la gente de ciudad. Para los citadinos los perros son mascotas. Objetos que se compran y se venden y a los que hay que cuidar como precisamente los califico, objetos con cierto valor.
Para los paisanos, el perro es un compañero de trabajo, un guardián, y a lo sumo, cuando le dirigimos la palabra es para decirle: ¡Juiiiiiira!! Con el caballo no nos pasa lo mismo. El paisano le habla, lo cuida, lo baña, lo peina, lo viste con sus mejores galas cuando hay fiesta. Pero el perro de campo no suele tener la misma suerte. Salvo los galgos que son apreciados para las carreras.
Me fui del tema. Quería hablar del “sargento” de “la sombrilla de al lao”. Sargento porque de alguna manera desde que llega comienza a dirigir la playa. “Señora, póngase un poquito más allá que después llegan los mocosos con las paletas y la van a llenar de arena”. “No le parece que sería mejor dejar la heladera debajo de la sombrilla para que no quede al sol?”. “Nene, porque no te ponés crema en esa espalda que a la noche no vas a poder dormir”. Y así, tantas otras frases que lo convierten en una especie de Director ad honorem de nuestras vidas playeras.
A mi no me dijo nada nunca. Debe ser por la cara que le puse en cuanto lo vi. O tal vez porque no debo caerle bien. Con el que suele hablar es con el Polaco, sobre todo cuando se quedan mirando alguna señorita que acaba de pasar. Es que el vejete aprovecha que la doña está dorándose al sol con los ojos cerrados. Comentarios de rutina que no vale la pena reproducir, claro, con algún agregado grosero del Polaco.
A los que no mira muy bien (obviamente) es a los amigos santafesinos. Esos que les conté la vez pasada. Realmente parecen muy, pero muy amigos. Que tanta vuelta, son una pareja de homosexuales.
Y el “sargento” está un tanto alterado. “A usted le parece?” le dijo al Tano, mientras Joaquín le pasaba la crema solar por todo el cuerpo a Rodrigo (así se llaman). “!Qué barbaridad!” contestó mi amigo que no pierde la oportunidad de criticar.
Me quedé pensando. Hace 80 años esta situación ameritaba una denuncia y posterior cárcel por indecencia pública. Hace 40 hubieran sido motivo de burla pública. Aún hoy, gente como el “sargento”, si lo dejaran, los metería presos. A mi ya no me asombra. Como no me asombra el desparpajo de los jóvenes que no tienen ese pudor inútil que se nos enseñaba y que impedía que nos pudiéramos expresar libremente. Libres... el sol me está haciendo mal... ya deliro... mejor termino.
Mis días de playa llegan a su fin. El yugo espera. Por unos días me di el lujo de no leer los diarios, no escuchar la radio, no ver la televisión. Si hubiera caído una bomba atómica no me hubiera enterado. Ah! Esto es vida... hasta la próxima.

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