Paradojas. Dichosas paradojas… En el país de los alimentos, gente con hambre. En el país más “culto” de Latinoamérica, analfabetos y educación muy pobre. En el país de las grandes distancias, gente sin tierra ni casas. Paradojas. Dichosas paradojas…Y hay más. Muchas de ellas son derivadas de nuestra proverbial zonzera criolla. Mientras el fútbol semiamateur del interior del país casi no tiene público, el fútbol grande lo expulsa. Como no pueden vencer a unos cuantos violentos, como no podemos acordar un mínimo de respeto en la convivencia, se decide expulsar a todos. La fiesta sin gente no es fiesta, no? Lo que pasa es que para el fútbol argentino la gente es prescindible. Porque como es un negocio, la plata que no entre por boleterías entrará por derechos de televisación. Perjudicados? Los de siempre. Los de abajo. Los que no pueden pagar el codificado o pueden mantener su cuota social al día.
Lo paradójico es que los violentos no tienen clase social. Durante años he visto cómo desde los caros palcos de la cancha de Boca, violentos con dinero arrojan todo tipo de cosas hacia los cuerpos técnicos de los equipos visitantes. Escupen, tiran agua y gaseosas, y cuentan con la complicidad de un periodismo decadente que fija sus cámaras en cuanto algún “inadaptado” intenta romper un alambrado.
Y lo que estoy diciendo no tiene que ver con el fútbol. Estoy hablando de nuestra sociedad, de nuestra comunidad, de nuestra forma de construir un país. No nos podemos poner de acuerdo en formas básicas de convivencia. En tener bien presente que debería haber límites entre mi “metro cuadrado” y el de mi vecino. Y esto incluye respeto, buenos modales, y, sobre todo, forjar una cultura sobre esas bases.
Cambio de tema. El dinero de los argentinos que tienen dinero sigue estando en el exterior. Nuestros presidentes (no importa cuál) desde hace mucho intentan convencer a capitalistas extranjeros para que vengan a invertir en nuestro país. Y muchos lo han hecho. La hermosa y productiva pampa húmeda ha cambiado mucho de dueños en los últimos tres lustros. O sea, los extranjeros, a duras penas, son convencidos de venir a invertir a un país en el cual sus “hijos pródigos” no invierten.
Ahora estamos un tanto calmados. Pero en cuanto nos dan un poquito de “soga” salimos como “nuevos ricos” a comprarnos el mundo. Miami, la plata dulce, los viajes, electrodomésticos, Europa. Cuando se corta el chorro, corremos a las embajadas de los países de donde vinieron nuestros abuelos y que nunca supimos dónde estaban, para sacar el salvador pasaporte comunitario.
Hace apenas 6 años estábamos en el infierno y gritábamos a los cuatro vientos que “se vayan todos” en medio de los augurios más pesimistas que jamás escuché en mi vida. “El dólar a 4 y para fin de año se iba a 8”, año 2002. Hoy malgastamos una incipiente prosperidad en celulares.
Y muy poquito antes de la gran crisis. Casi como una premonición, se pegaba un tiro en el pecho uno de los hombres más honestos que tuvimos. Casi no tuvo su merecido homenaje. Vaya mi respetuoso recuerdo: Dr. René Favaloro.
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